Levanté la cabeza y efectivamente ahà estaba él, mirándome, cambiándo de lugar cada momento para poder observar cada uno de los rincones de mi cuerpo. Cruzamos una mirada y sus ojos estaban clavados en mÃ, al principio lo miré con desprecio, pero la segunda vez vi algo en la expresión de su cara que me hizo cambiar todo lo que habÃa pensado hasta ese momento.
Acepté que me mirara y conforme pasaban los segundos y minutos empezé a notar que su mirada me estaba haciendo excitarme, tocarme, y fantasear una historia en la cual los dos eramos protagonistas.
La siguiente vez que nos miramos él presintió en mi mirada un cambio, y me dijo:
- ¿te molesta que te observe?
En el fondo yo sabÃa que me gustaba que siguiera mirándome, me gustaba imaginar una escena erótica en la que yo era su musa del placer. Aunque no se lo dije, simplemente dije:
- Cada uno pude hacer lo que le plazca, yo estoy disfrutando de una tarde de playa, del sol, del sonido del mar, de la lectura, ... lo único que me sorprende es que no prefieras observar este paraÃso, con estos colores, y olores ...
Para poder hablar con más intimidad, él se acercó, y en medio de las rocas, sobre la arena yacÃan nuestros cuerpos, desnudos.
- Vengo aquà cada dÃa, hoy es mi última tarde, ... Te he visto llegar, vestida de azul, como un ángel, ... espero que no te moleste que te mire, porque no voy a dejar de hacerlo y más siendo como tú eres, ...
- ¿que quieres decir?
- Al principio pensé que eras una italiana, pero ellas normalmente no hacen nudismo, asà que cuando te he visto quitarte el pareo y quedarte desnuda he sabido que no. Además me gusta ver que todo tu pubis esta cubierto de pelo, no entiendo a las mujeres que se depilan, pierden mucho erotismo... No se muy bien de donde has salido, pero eres lo mejor que han visto mis ojos desde que llegué hace seis dÃas a este lugar.
Su clara erección me indicaban sus ansias por atrapar mi cuerpo, y poco a poco la situación fue pareciéndose más a mi fantasÃa.
- ¿que leÃas? ¿poesÃa? preguntó.
Sin más le mostré mi libro Cuentos eróticos de verano, y pareció gustarle, en ese momento decidà dar un paso más.
- Estaba leyendo mi cuento favorito, es sobre una
masturbación de una chica, ¿quieres leerlo? lo escribà yo misma hace unos años, este fue mi primer relato.
Estiró la mano para coger el libro y leyó el tÃtulo, parecÃa no creerse lo que estaba pasando.
Le invité a sentarse sobre el pareo azul para acomodarnos, y me dijo:
- No se si aceptarás pero serÃa como soñar despierto si puedes contarmelo tú misma, me va a encantar imaginarte.
Se sentó en frente de mÃ, algo recostado, mis piernas estaban semiabiertas, con las rodillas algo separadas y el libro en medio. Empezé a leer el cuento, excitándome yo al mismo tiempo que leÃa. Él continuaba mirándome como desde el principio, aunque esta vez estaba mucho más cerca. Él podÃa ver como mi clÃtoris iba aumentando de tamaño y convirtiéndose en un color más rojizo, como mi vulva se llenaba de flujo... Levanté la mirada hacia su pene, se estaba tocando, acariciando, y sentà unas fuertes e imperantes ganas de masturbarme, en ese momento me pidió que abriese más las piernas y asà lo hice.
Continué leyendo, y como sin poder evitarlo dirigà una mano y comenzé a masturbarme. Estabamos los dos muy excitados aunque ninguno de los dos podÃa salirse de la historia del relato, asà que continuamos leyendo y escuchando.
La playa iba vaciándose, pero todavÃa quedaban grupos de gente para los que no habÃamos pasado desapercibidos. Sin embargo a ninguno de los dos pareció importarle.
Por alguna razón, no tenÃa ganas de tocarle a él, sólo de excitarle, de hacerle gritar aunque sin contacto fÃsico, sólo mirando, mostrándole mi forma de actuar, de pensar, mi cuerpo, enseñándole algo tan privado como la masturbación en un espacio público, sin censura. Esta situación hacÃa aumentar mi deseo de correrme, de hacer explotar ese calor.
El relato llegó al punto donde conseguÃa llegar al clÃmax y enloquecer. Él me miró y me dijo, ahora haremos los dos tu cuento realidad y en una distancia de centÃmetros entre nosotros, semitumbados nos sentimos morir el uno al otro.
Tras un momento de recuperación, nos sonreÃmos, y viendo la puesta de sol nos fumamos un cigarrillo en silencio. Cuando el cielo oscureció, nos miramos, nos dimos el único beso y cada uno caminó en una dirección.
Ahora siempre aparece en mis fantasÃas mientras me masturbo, noto que me mira, que le excito, y que morimos exhaustos de gusto. Creo que yo fui su ángel en esa playa y él fue para mi, pura vida.
Elche 3 de octubre de 2006, modificado 18 de diciembre de 2006.
Pilar López Moreno.